miércoles, 23 de abril de 2008

Rectitud de intención y noviazgo

No es raro encontrar mujeres y varones que han debido enfrentarse con una vida matrimonial desgraciada en que el otro cónyuge fue la media naranja que se transformó en un medio limón. Las causas de ese pasar de la media naranja al medio limón son innumerables, y varían según la edad, el sexo, la cultura, la salud, el temperamento… cuando no un cóctel de todas ellas.

Aunque nunca debe olvidarse que si no luchamos por limar las cotidianas asperezas de la vida, también el mero transcurso del tiempo produce dicho efecto de manera inexorable, porque los cónyuges son como los automóviles y si no se hace una buena tarea de mantenimiento, los defectos aparecen después de los 25.000 kilómetros. De todos modos, no es a eso a lo que nos queremos referir, sino a otro tipo de actitudes, que previas a la alianza nupcial, se constituyen en caldo de cultivo de los matrimonios fallidos, y que tienen su raíz en la falta de rectitud de intención con la que se establecen los noviazgos.

Por ejemplo, un diario de provincias de España anunciaba: “Joven agricultor busca novia que tenga tractor, enviar los datos a la casilla de correo Nº 24, adjuntando foto. P.D.: La foto ha de ser del tractor.”


Considero que darán por hecho que si este aviso jocoso hubiese sido publicado con intenciones reales dudosamente llevaría a un matrimonio fructífero. Pero también debo aclararte que en más de una ocasión supe de muchachos que exigían de sus novias conductas sexuales anticipadas como condición sine qua non para proseguir el compromiso; y mi sorpresa fue constatar, que ante tales amenazas; que contrariaban cuestiones de conciencia, había novias que accedían. Por eso puede afirmarse que, en el caso de marras, así como un novio que hace su propuesta deshonesta tiene puesto su interés fundamental en el “tractor de la sexualidad”, como contrapartida la novia demostraría tenerlo en el “tractor del noviazgo”:


Donde está tu tesoro allí está tu corazón

Si un chico abandona a su chica porque ésta no accede a mantener relaciones, es porque le interesan más las relaciones que la chica; y cuando una chica, para mantener el noviazgo hace cosas que, en conciencia considera que son un daño moral tanto para ella como para su novio, da a entender que no quiere tanto al novio como al noviazgo.


En más de una oportunidad teniendo en cuenta lo dicho, me vi obligado a invitar a diversas parejas de novios a que hagan examen de conciencia sobre sus intenciones más profundas:


¿Quieres a tu novia incondicionalmente… o quieres a las relaciones?


¿Quieres a tu novio incondicionalmente… o quieres al tractor del noviazgo?


Pero además de esta falta de rectitud de intención que constituye una auténtica “arena movediza” de la futura estabilidad matrimonial, consideración aparte merecen las mismas relaciones prematrimoniales (y los adulterios), que evidencian la soberbia de sus protagonistas, especialmente del varón. Una propuesta de sexo extramatrimonial formulada por el varón y aceptada por la mujer, da origen a una relación asimétrica: un acto sexual donde no es equitativa la contrapartida entre derechos y deberes que asumen las partes implicadas.


En cierta ocasión, en un colegio de mujeres fui invitado a impartir una lección sobre el significado moral de la sexualidad, y al finalizar, se me preguntó:


¿Porqué motivo los varones son más débiles que las mujeres? ¿Por qué caen más velozmente en los desórdenes sexuales? ¿Por qué tiene la iniciativa, “acosan”, son antropológicamente más “flojos”… más “instintivos y animales”?


Como se ve la pregunta era sin pelos en la lengua.


Al responder ese interrogante, puntualicé que, según mi opinión, pese a que los hechos sociológicos parecieran irrefutablemente estar a favor de lo dicho en la pregunta, los varones no son más débiles que las mujeres a la hora del dominio del instinto sexual, sino que el acto sexual (psicofísicamente) para ellos tiene menos consecuencias, y, por ende, no hay tantos frenos y dificultades psicológicas para concretar dichas uniones anticipadamente.


El acto sexual precoz es una realidad asimétrica ante la cual la mujer ofrece instintivamente más resistencia, pues (a diferencia del varón) ella analiza subconscientemente una gran cantidad de responsabilidades con las que inexorablemente se deberá enfrentar y sin posibilidad de evasión:
  • El embarazo y su manifestación pública ante la sociedad.
  • Las náuseas y vómitos que lo acompañan
  • La posible necesidad de guardar reposo prolongado.
  • Las limitaciones académicas, laborales, deportivas, sociales que todo embarazo impone.
  • Amamantar al bebé varias veces al día durante un año.
  • Los dolores y dificultades del parto.
  • La posibilidad de abandono por parte de varón.
Y esta asimetría no desaparece ni siquiera cuando se opta por el gravísimo crimen del aborto, ya que no se puede comparar el sufrimiento psicológico masculino de saber que se está asesinando a su propio hijo a la experiencia femenina que tiene su sede en el propio vientre, sin contar los riesgos que la salud de la madre corre en todo aborto. Es decir, no es lo mismo vivenciar un aborto desde el pasillo de un “pseudohospital”, que sentir en el quirófano las tenazas triturando la criatura dentro de la propia matriz.

Toda relación extramatrimonial es por naturaleza asimétrica, y no detenta ni la proporción justa de responsabilidades que se asumen, ni el marco de solidaridad incondicional que garantiza el matrimonio indisoluble; y esto último es fácil de constatar, pues basta con prestar atención a la muchedumbre dedujeres que debieron soportar, tras la noticia de un embarazo extramatrimonial, la amarga experiencia del abandono.


El acto sexual pre o extramatrimonial (física, moral y psicológicamente) no significa lo mismo en una mujer que en un varón, y cuando tal relación viene exigida por éste, nos encontramos ante una pretensión asimétrica, inequitativa, injusta, desmedida, desubicada, soberbia…; petición que demuestra la actitud adolescente propia de quien pretende disfrutar del atractivo de la sexualidad sin asumir obligaciones, y con el agravante que implica la desubicación ante el desinterés sobre la situación desventajosa que se le propone a la mujer.
Padre Pedro José María Chiesa
Extraído del libro "Amor, soberbia y Humildad"
Ed. Amalevi. 4ta Edición. Rosario, año 2007.


1 comentario:

Hormiguita dijo...

Lo que dice el Padre Pedro es exacto. Lo digo por experiencia. Tengo 46 años de vida y 21 de matrimonio. Siempre dije sí a todo lo que mi novio y actual marido propuso. Hoy la conciencia me agobia